Entendiendo por causas el origen generador de un hecho, podemos pensar positivamente que conocer las causas de un hecho determinado (como el exceso de colesterol) nos da más conocimiento sobre cómo controlar ese hecho (por dieta, fármacos, ejercicio…). Así, ante un dolor, siempre buscamos saber qué lo causa para poder conocer mejor qué lo puede aliviar y/o evitar. Por ejemplo, cuando me diagnostican alergia a la lactosa, sé qué no debo tomar si no quiero sufrir y qué debo hacer para disminuir los síntomas en caso de reacción.
Ahora bien, también tenemos otros mecanismos para
minimizar el dolor a corto plazo, tanto físico como emocional, son los llamados
“mecanismos de defensa”, entre los cuales encontramos negar lo que nos está
pasando, quitarle importancia, racionalizar o, dicho de otra forma, buscar
excusas para convencernos de que “en realidad, estoy mejor que nunca”… Casi
todos podemos recordar una situación conflictiva o dolorosa en que nuestra reacción
ha sido seguir como si nada hubiera ocurrido o, por lo menos, como si a mi no
me afectara. Así podemos reducir la sensación dolorosa ni que sea un instante,
pero, si insistimos en usar los mecanismos de defensa de forma constante,
evitamos enfrentarnos a lo que ocurre e impedimos llegar a una solución más
adaptativa a largo plazo.
El caso de Carla
Carla tiene 35 años y vive con su pareja y su hijo de
5 años. Trabaja como administrativa en una empresa de transportes desde hace 9
años. Según ella, siempre se ha sentido “llevada por la vida”, como sin poder
decidir nada. Explica que tiene enfados muy fuertes cuando las cosas no salen
como ella espera y que, cuando se le pasa, se siente hundida porque cree,
realmente, que ella no puede hacer nada. En el trabajo está siempre peleándose
con sus compañeros, que se equivocan o, peor aún, hacen que ella se equivoque.
En casa siente que su pareja no hace todo lo que debería ni como debería, y con
respecto a su hijo, a menudo quiere hablar con la maestra porque cree que no
hace bien su tarea y ello comporta que el niño no le haga caso en casa. El
resultado para Carla es una irritación constante que no puede controlar porque
“todo va mal y nadie hace nada”.
Observamos que Carla suele centrar su atención en los
fallos de los demás. Si Carla tiene la idea de que su sufrimiento tiene la
causa en que “todo el mundo hace mal su trabajo”, es lógico llegar a la
conclusión que si los culpables son los demás, son estos los que deben hacer
algo al respecto. Si no lo hacen, a Carla sólo le queda sufrir. Se siente
impotente y enfadada con todo el mundo. En ningún momento se plantea si ella
tiene algo que ver con su malestar: “¡Pues claro que no!”
Es importante no confundir el cómo nos sentimos con la
valoración que hacemos de cómo nos sentimos. Para Carla, estar enfadada con
todos tiene sentido desde su idea de que “si las cosas se hacen mal, te tienes
que enfadar, no puede ser de otra forma”. A pesar de esto, empieza a darse
cuenta de que, por más justificado que crea su enfado, los demás empiezan a
estar cansados y/o enfadados con ella por su actitud. En casa, su pareja sigue
intentando hacer las cosas como ella quiere sin acertar (“¡es que no
aprende!”), la maestra limita las citas con ella (“¡es una impresentable!”) y
en el trabajo algunos compañeros se ríen (“¡pasan de todo!”), otros no dicen
nada (“pero tampoco se esfuerzan más”) y una ha llegado a encararse con ella
para recriminarle “que se preocupe de sus propios fallos, que también los
tiene, y nadie le va con esos humos”.
Por su parte, cuando ve que la reacción de los demás a
su enfado no es la que ella espera (“que reaccionen y se pongan las pilas”),
entra en el desánimo y la decepción de no poder cambiar nada, pero también
empieza a plantearse la posibilidad de otro tipo de reacción por su parte. Ha
intentado pasar de todo (“si los que tienen la culpa no hacen nada, ¿por qué me
tengo que preocupar yo?).
También ha intentado aumentar el nivel de exigencia
hacia lo que los demás deben corregir: ha llegado a amenazar a su pareja con
dejarla si no cambia, ha pedido cita con la directora de la escuela para hablar
de su hijo, se ha quejado de sus compañeros al jefe… pero, si algo ha cambiado,
ha sido para ir a peor.
Reconoce que, cuando está enfadada (en la rabia), se
siente fuerte y con razón y, al principio, le gusta. En cambio, cuando está
desanimada (en la tristeza), se siente aturdida y no entiende cómo el otro no
ve que la hace sufrir con su conducta. En este momento, planteamos la
posibilidad de que su forma de enfocar su sufrimiento (siempre es culpa de los
demás) pueda ser una de las causas de mantenerse en el enfado y llegar a la
impotencia.
Mirar hacia dentro
Empezando a centrarse en ella misma, concretando sus
propias actuaciones (amenazar, quejarse…) y pensamientos (“debo enfadarme para
que se den cuenta del error”), en determinados momentos, va descubriendo cómo
ello influye en lo que siente mucho más allá de lo que el otro haya podido
hacer mal.
Detecta que está centrada en vigilar a los demás
porque cree que son los responsables de que el mundo no funcione como es
debido. Además, la creencia de que ante cualquier error debe estar enfadada
hace que ella decida permanecer en este cansadísimo estado emocional, tanto
para ella como para los demás “porque, si no, sería ceder y dar la razón al
otro cuando no la tiene”. Empieza a darse cuenta de cómo esa vigilancia no le
deja tiempo para cuidarse, descansar, jugar con su hijo, hablar con su pareja
de forma relajada, relacionarse fuera del trabajo con alguna compañera con la
que le gustaría… El hecho de culpar a los demás de lo malo le hacía sentir
alejada de su posible culpa y, aparentemente, sufrir menos, pero también la
alejaba de la “posibilidad de hacerse cargo de su responsabilidad con respecto
a las causas tanto de su sufrimiento como de su felicidad.
Carla aceptó que su primer impulso era ver el error
del otro y que no siempre la mejor forma de afrontarlo era enfadándose y
recriminándole. Aprendió que debía recordar a menudo darse un tiempo para poder
verse a ella misma en la situación y reconocer qué parte del problema y/o
solución estaba en sus manos.
Evolución
El mero hecho de concederse un tiempo para pensar de
otra forma sobre lo que ocurría hizo que no “explotara quejándose” tan a
menudo. Ante esto observó que los demás también reaccionaban de otra forma,
aunque no siempre como ella esperaba. En unos meses empezó a valorar su propio
estado de ánimo como menos irritado, toleraba mucho mejor que los demás no
hicieran las cosas como ella quería.
En el trabajo intentaba centrarse en su parte y cuando
tenía alguna queja, primero se planteaba con quién debía hablar y qué le decía
su experiencia sobre el posible resultado: si era importante para su trabajo,
si lo podía plantear como petición (no queja), si la persona implicada era de
escuchar… luego, decidía y revisaba el resultado para aprender algo más sobre
sus compañeros.
Con la profesora de su hijo se planteó revisar todo lo
que habían hablado desde las primeras reuniones y centrarse en observar a su
hijo en casa y a sus propias reacciones con él. No fue nada fácil aceptar que,
muchas veces, cuando su hijo hacía algo que la enfadaba, culpar a la maestra la
había dejado en situación de no intervenir y eso llevaba al niño a no tener
límites claros con ella y faltarle al respeto cada vez más.
En cuanto a la pareja, el trabajo consistió en valorar
las cosas positivas que sí hacía y ella podía reconocer, valorar las
diferencias y qué aportaban a la relación… aceptar que, a menudo, cuando
estamos ofuscados, pretendemos que la pareja sea una extensión de nosotros
mismos y llegue donde nosotros queremos y no podemos.
Una vez que aprendemos a darnos cuenta de cómo ocurre
aquello que queremos evitar podemos empezar a proponernos pequeños cambios,
revisar a dónde nos llevan y decidir si insistimos o probamos otra cosa. Lo
importante es no olvidar que podemos cambiar nuestra actitud o seguir
instalados en la queja y culpar al otro.