Hace unos días, me encontraba en mi momento de desconexión, navegando por redes sociales en modo “piloto automático”, sin prestar demasiada atención a lo que veía. De repente, me apareció este pequeño artículo de opinión que logró capturar de nuevo mi atención y hacerme volver a la realidad.
La autora, describe su rutina diaria como una serie de acciones mecánicas, sin disfrute ni propósito, simplemente sobreviviendo al día a día (que no viviéndolo). Esta reflexión me llevó a pensar en cómo este fenómeno se ha convertido en una realidad preocupante en el ámbito laboral.Mientras reflexionaba sobre esto, encontré este otro testimonio:
En esta ocasión, una joven relata cómo, a pesar de tener una carrera universitaria, se encuentra atrapada en condiciones laborales precarias. Expresa su ansiedad, la incertidumbre que le genera su futuro y la sensación de soledad en un mundo que mide el éxito en redes sociales.
Ambos testimonios convergen en una misma realidad: el impacto del trabajo en nuestra salud mental y el riesgo de perder el sentido de lo que hacemos.
La presión constante por ser altamente productivos y la sobrecarga laboral ha llevado a un punto crítico a muchos profesionales. La desconexión emocional, el agotamiento y la falta de motivación pueden ser signos de un problema estructural en la gestión del talento. Además, estos factores impactan directamente en la salud mental de las personas empleadas, generando ansiedad, depresión y altos niveles de estrés.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que el bienestar psicológico es fundamental para el rendimiento laboral y la sostenibilidad empresarial. Un entorno laboral que descuida la salud mental no solo afecta la calidad de vida de los empleados, sino que también disminuye la productividad y aumenta los costos asociados al absentismo y la rotación de personal.
Si la presión laboral y la desconexión emocional afectan a todas las personas trabajadoras, las personas jóvenes enfrentan desafíos aún más complejos: La precariedad laboral y la sensación de incertidumbre constante. La generación (sobre todo) joven necesita más que nunca sentir que su esfuerzo tiene valor y que su bienestar importa en el lugar donde pasan tantas horas de su día: El trabajo.La historia de la joven que leí en redes sociales es el reflejo de un problema que afecta a miles de personas trabajadoras que inician su camino profesional en condiciones precarias en las que no consiguen encontrar el propósito de lo que hacen.
Uno de los desafíos a los que nos enfrentamos desde recursos humanos, es devolverle sentido al trabajo sin comprometer la salud mental de las personas empleadas. Un/a trabajador/a que se siente apoyado y equilibrado en su vida personal y laboral es más feliz y saludable, lo que se traduce también en ser más productivo y eficiente.
Ya no basta con exigir resultados, es imprescindible cuidar de las personas que los generan. La creación de entornos laborales más humanos, flexibles y con propósito no es un lujo, sino una necesidad impostergable para el bienestar de las organizaciones y sus equipos. Solo así lograremos romper con la sensación de precariedad, ansiedad e incertidumbre. Si las empresas no trabajan en construir una cultura organizacional basada en el equilibrio, el apoyo y la motivación, seguirán viendo cómo el talento se desmotiva, se desgasta y, en el peor de los casos, abandona la organización.
Y tú… ¿Qué opinas?
Alba Cano
Alumna del Máster en Dirección y Gestión de RRHH 2024-2025
Escuela de Negocios de la Cámara de Valladolid